















más amplia, se limita a dispensar planos de la ciudad, por lo general de forma gratuita. Su principal defecto es su horario: resulta que cierran los domingos, que son los días en los que un lugar tiene mayor afluencia de visitas, al caer la tarde y, en los países latinos, también a mediodía, otra hora habitual de llegada de los turistas. ¿Sería muy utópico colocar planos y folletos que estuvieran disponibles las 24 horas, incluso estando cerrada la oficina? ¿Es de suponer que una pila de mapas se agotaría a los pocos minutos? Tal vez, pero mucho más papel se gasta en causas bastante más inútiles.
no se puede establecer una norma general ni es fácil saber si los ejemplos positivos o negativos se refieren a la pericia de la persona que nos atendió en concreto o es política de la casa. En cualquier caso, como ejemplos de oficinas de turismo de poca utilidad pondría la de Bruselas, en la que si uno pregunta por trenes u otros medios de transporte hacia las otras ciudades belgas la única información que te dan es la dirección de la estación de tren para que preguntes allí. Como ejemplo contrario, mi mejor experiencia fue en Locarno, ciudad de la Suiza italiana en cuya oficina de turismo una amabilísima empleada consiguió llevar a cabo la imposible tarea de encontrarnos a un amigo y a mi una habitación donde pasar la noche un día de agosto durante la celebración del festival de cine en la localidad, toda una odisea. La mujer, aparte de dominar el inglés más las tres lenguas de Suiza, italiano, francés y alemán, se molestó en hacer llamadas a no sé cuantos sitios durante una media hora; de no ser por su gestión nuestra imprudencia de no haber hecho ninguna reserva nos habría llevado a dormir en el coche, por lo que mi galante amigo compró una botella de vino y fue a llevársela en agradecimiento a la oficina.
os todo cuesta el doble que en cualquier otro lugar o por qué las compañías ofrecen asientos en sus aviones con distintos precios cuando el servicio que se ofrece a un pasajero y al que se sienta a su lado y que ha pagado diez veces más o diez veces menos es exactamente el mismo. Hoy me centraré en otra de las pesadillas de volar: los controles de seguridad.
ectores de metales tan ultrasensibles que hasta saltan con un paquete de chicles (sí, no es broma, es que el envoltorio de los chicles suele ser papel de aluminio): creo recordar que hace años solamente pitaban con las llaves, monedas y tal, pero es que ahora hay que quitarse el cinturón, el reloj y, salvo que lleves tenis, los zapatos, lo cual ralentiza el proceso enormemente porque a la mitad de la gente le va a sonar el aparato por una causa u otra; si a mi cada vez se me olvida con más frecuencia quitarme una de las mil cosas que hay que quitarse, no me extraña que la gente mayor no se entere, o que directamente prefiera que la cacheen, por ser mucho más rápido que desvestirse y volver a vestirse. Por no hablar de las nuevas estupideces de tener que sacar los ordenadores aparte y, lo peor y más injustificable, lo de los líquidos.
Una tarde en la que el mal tiempo había cancelado la salida de varios vuelos, las compañías como es habitual en estos casos dieron órdenes a sus empleados para que no dieran ningún tipo de información a los pasajeros y fueran lo más remolones posible a la hora de facilitar el libro de reclamaciones; hartos de que les tomaran el pelo diciéndoles cosas como que no sabían si su aeropuerto de destino estaba abierto o cerrado, teniendo al lado el teléfono para llamar a dicho aeropuerto y preguntarlo, algunos pasajeros se amotinaron increpando amenazadoramente a los empleados, que son tratados como carne de cañón por las compañías. La guardia civil y la seguridad del aeropuerto se pasaron por allí .... después de un cuarto de hora, cuando los momentos más difíciles ya habían pasado. El personal estaba totalmente abandonado a su suerte en caso de que la tensión hubiera desembocado en agresiones.
Holanda a los Países bajos. Se trata del mismo error, identificar el territorio más grande e importante del país con todo el país, aunque más justificado, porque mientras Escocia tiene un tamaño, una población y una historia propia considerables, Frisia y el resto de regiones que acompañan a Holanda en los Países bajos tienen un peso específico bastante menor, casi todas las ciudades importantes del país son holandesas. Lo de llamar a la lengua neerlandesa, en vez de holandesa, es un término políticamente correcto para que no se sientan excluidos los flamencos.



me encanta Escandinavia y mi ciudad favorita es Londres, donde las cosas tienen más o menos el mismo precio que en España ... salvo que hay que cambiar los euros por libras, que son bastante más caras. No creo que tenga mucho sentido hablar de los lugares que hay que visitar allí, si alguien tiene algo nuevo que decir sobre Buckingham Palace, el Big Ben o la torre de Londres no soy yo. Pero sí me gustaría comentar algunos defectos de una ciudad, que por otra parte me encanta, que podrían servir en algunos casos como consejos.
comprender porque lo llaman the tube. Es, efectivamente, un tubo enano con trenes antiguos y enormemente ruidosos. Por no hablar de su escalofriante precio y del horror que puede llegar a ser comprar el ticket: hay muy pocas máquinas por estación, que además no son capaces de leer billetes: no sé si habrá mucha gente que vaya con la hucha de cerdito a cuestas pero yo no suelo llevar 4 libras y pico en monedas en la cartera. Algunas de las máquinas sí admiten tarjetas de crédito, pero, al menos con la mía, estos lectores funcionan sólo a veces. Así que toca hacer cola en la ventanilla donde atiende una persona; como mucho puede haber dos personas atendiendo y las colas son desesperantes. Además hay que sacarse un billete nuevo todos los días. Al parecer todas estas molestias son intencionadas para que la gente se compre esas dichosas tarjetas Oyster que tienen los londinenses; pero esta ciudad no puede hacer caso omiso de la cantidad tan enorme de turistas que la recorren cada día y que no pueden utilizar tarjetas para residentes.
Los musicales son uno de los típicos atractivos turísticos de Londres. Como no podía ser de otra forma, los precios de los teatros (proyecten o no musicales) son prohibitivos, por lo que alrededor de Leicester Square proliferan los servicios de venta anticipada que, como por arte de magia, prometen conseguir entradas por la mitad de precio. Esto no es tan fácil, ya que estos servicios no te aseguran que te vayan a conseguir la entrada ni qué día te la podrán conseguir. Para el residente al que no le importa ir una semana u otra está bien, pero el turista se puede encontrar, como me ocurrió a mi, con que te están liando durante dos o tres días y al final te dicen que no te han encontrado ninguna entrada, por lo que es fácil que cuando llegues al teatro ya no quede ningún asiento libre y te pierdas la función. A quien esté pocos días creo que le conviene más comprar la entrada directamente en el teatro: caro pero al menos seguro.
Por otra parte los británicos no están acostumbrados ni al doblaje ni a leer subtítulos, por lo que apenas consumen cine en habla no inglesa: la oferta de la cartelera londinense es bastante inferior en todos los sentidos a la de Madrid o Barcelona, por no hablar de París, auténtico paraíso para el amante del cine. Si coincide bien, puesto que no ofrecen distintos horarios sino un solo pase para cada película, a veces proyectan cosas interesantes por un precio razonable en los cines Prince Charles al lado de Leicester Square.
Sobre Estambul, una de las ciudades más bonitas e interesantes de Europa, se puede encontrar cantidad de información en la red; pero probablemente no existan demasiadas fotos de sus lugares emblemáticos cubiertos por la nieve. Viajé allí hace tres años durante el mes de febrero y ya me habían avisado de que en Turquía hacía frío durante el invierno, creo que por vientos y borrascas que vienen de Siberia; pero de ninguna forma me podía imaginar que me encontraría con una tormenta de hielo y que vería más nieve en Estambul que en ningún otro sitio en mi vida. Esto dificultó mucho la visita (era realmente difícil caminar por la calle sin resbalar) pero me permitió sacar estas fotos de la Mezquita Azul teñida de blanco o de la nieve al borde del Bósforo.
Afortunadamente hay lugares interiores que se pueden visitar bajo cualquier circunstancia meteorológica, y que de hecho supongo que se ven mejor en invierno con menor volumen de turistas, como Santa Sofía, la Cisterna o, para quien le gusten las compras, el Gran Bazar; en el famoso palacio Topkapi, en cambio, con mal tiempo se pierde uno las increíbles vistas de la ciudad. En ese caso la opción más razonable es renunciar a pasear y pasar la tarde de maravilla en las teterías, fumando pipas de agua o metiéndose en los baños turcos, caros pero limpios y agradables, sobre todo cuando hace frío fuera. Y disfrutando de buenos restaurantes a buen precio, aunque recomiendo especificar siempre mild a la hora de pedir cualquier cosa salvo a quien tenga un estómago fuerte y le guste la guindilla en todo su esplendor.
Estambul se parece a cualquier otra capital europea en los alrededores de la plaza Taksim; pero en la mayor parte de la ciudad el visitante se encuentra con las ventajas y los inconvenientes de una especie de retorno al pasado: locales con una enorme cantidad de camareros, con una amabilidad totalmente imposible de encontrar en España, donde no existe la prisa ni el estrés. Por otro lado, adoptando un punto de vista muy occidental, uno se puede irritar con detalles como que la interrupción del servicio de tranvías se avise únicamente mediante un papel pequeño escrito a bolígrafo, sólo en turco, mal pegado en la ventanilla de venta de billetes. Los turcos, por otra parte, tampoco están acostumbrados a hacer cola y esperar su turno; allí parece funcionar mejor amontonarse en frente del mostrador y gritar más que los otros para que te hagan caso: al menos esa fue mi experiencia cuando cancelaron mi vuelo de vuelta a España en el aeropuerto por la tormenta de nieve.
Quien haya estado allí sabe que no se trata de un país bilingüe sino de dos comunidades monolingües: los flamencos al norte y los valones al sur; ni siquiera en Bruselas, la única ciudad en teoría bilingüe, se puede apreciar ninguna convivencia entre las lenguas puesto que el dominio del francés es aplastante. El equilibrio un tanto inestable entre las dos comunidades viene de que, por una parte, los francófonos (valones) hablan uno de los principales idiomas de Europa y por otra los de habla holandesa, o para ser rigurosos, neerlandesa (flamencos), tienen mayor poder económico y las principales ciudades del país. Como todas las localidades conocidas del país menos la capital y Lieja, Amberes (Antwerpen en holandés, Anvers en francés) pertenece a Flandes (de hecho es su principal ciudad con 460.000 habitantes) por lo que el turista no encontrará ningún cartel en francés ni ningún lugareño que le hable en ese idioma; aunque conozcan la lengua de Molière, los flamencos le hablarán siempre en inglés.
En Amberes uno podría pensar que se encuentra en los Países Bajos hasta que empieza a notar ciertos detalles de estilo francés que desentonan, como que los trenes no funcionan con precisión germánica sino que las huelgas y retrasos son frecuentes, o que las iglesias son católicas. Sin embargo, la huella protestante es evidente en los típicos edificios estrechos de ladrillo y tejado piramidal que pueblan toda la zona centro. Amberes no es tan de cuento como Gante o Brujas, carece de canales en la zona centro, algo raro por esos lares, y es mucho menos turístico. Aunque la ciudad arrastre la fama de fea de todos los sitios portuarios, algunas de sus zonas son casi igual de bonitas que las de cualquier otra ciudad belga: aparte de la catedral y la plaza mayor, podemos destacar la pulcritud de la estación central de tren, la amplia calle de tiendas o el castillo en las orillas del río.


Mil años de paz y neutralidad no sólo han producido el reloj de cuco, como decían con ironía en El tercer hombre, sino que también han preservado sus ciudades de guerras y destrucciones por lo que todas conservan su estructura medieval casi intacta; y eso por no hablar de los bosques y montañas donde no se conoce ningún tipo de especulación urbanística ni incendio forestal: viendo el paisaje desde el tren o el coche, parece que la casa de la bruja de Hansel y Gretel puede surgir en cualquier momento. Sin embargo el país recibe muy pocos visitantes, en buena parte por lo extremadamente caro que es. Pero quien tenga conocidos o familiares allí que le ahorren los gastos de alojamiento puede descubrir rincones tan interesantes como este pequeño pueblo del cantón de Friburgo.
Curiosamente, quien visite Gruyère apenas encontrará referencias al queso agujereado del mismo nombre. En su lugar podrá pasear por un pueblecillo típico centroeuropeo, restaurado con una pulcritud que le da un cierto aire irreal y disneyano; es uno de los pocos sitios turísticos del país, donde abundan las tiendas de souvenirs, realmente difíciles de ver en otros lugares. Una caminata desde el centro lleva hasta el castillo de la localidad, que se conserva también en todo su esplendor.
conocido sobre todo por sus diseños para Alien. Además de visitar el museo, la cafetería de enfrente tiene un curioso mobiliario inspirado en su estilo.Queda como muy mal
y muy poco intelectual decir que a uno no le dicen gran cosa los grandes recintos arqueológicos griegos, pero se trata de eso, de recintos para los aficionados a la arqueología cuyo interés para el público en general no me parece tan evidente. Como dicen los chistes malos, si uno va a Olimpia o a Delfos se encuentra poco más que un montón de ruinas que solo le dirán algo tras oír las explicaciones de un guía o documentarse por su cuenta (la Acrópolis de Atenas es otra cosa). Hay pocos templos y monumentos reconstruidos, en teoría por no alterar la esencia del lugar con reconstrucciones artificiales, aunque yo tiendo a pensar que en buena medida es por la inversión que supondría.
¿Quiero decir con esto que no vale la pena ir a un lugar como Delfos? En absoluto; en primer lugar se trata de un magnifico enclave natural en medio de la montaña desde el que se pueden ver cumbres nevadas por un lado y el mar por el otro. En contra de la idea que tenía antes de ir, Grecia no es árida ni desértica como muchas regiones del sur de España sino verde y de orografía mas bien accidentada. Al pie de la montaña se encuentra el Delfos actual, un pueblecillo eminentemente turístico con poco más que hoteles, restaurantes y tiendas de souvenirs, que no esta pensado para pernoctar más allá de la noche del día en que se visita el santuario.

Este último, aparte de las ruinas de templos varios, consta de un imponente teatro y de los restos de un estadio donde en su día se celebraron los juegos délficos, mucho menos famosos que los olímpicos, los del santuario de Olimpia. La carretera divide en dos los restos del recinto, que dan para un interesante paseo de al menos un par de horas, sin contar con la visita al museo, donde destacan la esfinge y el famoso auriga. Yo tuve la suerte de llevar a cabo la visita en un mes de abril con el cielo más bien nublado; si hubiera recorrido el lugar en pleno verano bajo la solana (puesto que los árboles griegos no tienen altura para dar sombra) y entre hordas de turistas tal vez no me hubiera causado tan buena impresión.
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