lunes, 17 de diciembre de 2007

Amberes (Bélgica)

Es muy cierto que Bélgica se encuentra indecisa y a medio camino entre la Europa latina y la germánica. Quien haya estado allí sabe que no se trata de un país bilingüe sino de dos comunidades monolingües: los flamencos al norte y los valones al sur; ni siquiera en Bruselas, la única ciudad en teoría bilingüe, se puede apreciar ninguna convivencia entre las lenguas puesto que el dominio del francés es aplastante. El equilibrio un tanto inestable entre las dos comunidades viene de que, por una parte, los francófonos (valones) hablan uno de los principales idiomas de Europa y por otra los de habla holandesa, o para ser rigurosos, neerlandesa (flamencos), tienen mayor poder económico y las principales ciudades del país. Como todas las localidades conocidas del país menos la capital y Lieja, Amberes (Antwerpen en holandés, Anvers en francés) pertenece a Flandes (de hecho es su principal ciudad con 460.000 habitantes) por lo que el turista no encontrará ningún cartel en francés ni ningún lugareño que le hable en ese idioma; aunque conozcan la lengua de Molière, los flamencos le hablarán siempre en inglés.

En Amberes uno podría pensar que se encuentra en los Países Bajos hasta que empieza a notar ciertos detalles de estilo francés que desentonan, como que los trenes no funcionan con precisión germánica sino que las huelgas y retrasos son frecuentes, o que las iglesias son católicas. Sin embargo, la huella protestante es evidente en los típicos edificios estrechos de ladrillo y tejado piramidal que pueblan toda la zona centro. Amberes no es tan de cuento como Gante o Brujas, carece de canales en la zona centro, algo raro por esos lares, y es mucho menos turístico. Aunque la ciudad arrastre la fama de fea de todos los sitios portuarios, algunas de sus zonas son casi igual de bonitas que las de cualquier otra ciudad belga: aparte de la catedral y la plaza mayor, podemos destacar la pulcritud de la estación central de tren, la amplia calle de tiendas o el castillo en las orillas del río.



Ahí acabaría la visita convencional, pero tal vez el turista amante de emociones más fuertes quiera echarle un vistazo al barrio rojo: allí las señoritas se ofrecen en escaparates como en Amsterdam pero no en plena zona turística de canales como espectáculo y curiosidad casi para todos los públicos; lo de Amberes es de verdad, por allí sólo pasan, que no pasean, hombres solitarios y clientes potenciales, además de los proxenetas de la mafia; el silencio es casi total en las calles y ni que decir tiene que si uno quiere mantener la integridad física, mejor que no saque la cámara de fotos del estuche.

Para más información, pinchen aquí.

1 comentario:

La navaja en el ojo dijo...

Empezó Manolo recomendándolo y ahora tú lo pones en este blog: al final el barrio rojo de Amberes se va a convertir en algo tan turístico como el de Ámsterdam, y nadie se sorprenderá si se le pregunta por alguno de los locales que en él se encuentran ;)